De cómo los propietarios mandaron a los Rams a L.A.

La pasada semana, en un hotel de Houston, los 32 propietarios de equipos de la NFL se reunieron para debatir, y votar, el futuro de tres franquicias y el modo en el que el desembarco de la liga en Los Angeles debía producirse. Había dos proyectos sobre la mesa, uno en Carson y otro en Inglewood, y los pesos pesados de la liga habían dejado claro que preferían el primero. Sin embargo, en la votación final ganó el de Inglewood por 30 votos contra 2.

¿Cómo sucedió esto? Pues resulta que Peter King, de Sports Illustrated, lo ha contado en un extraordinario artículo que os recomiendo leer.

El caso es que Jerry Richardson, el dueño de los Carolina Panthers y una de las figuras más respetadas de la liga, era el encargado de dirigir el comité para la recolocación en Los Angeles de la NFL. Con un dictamen contundente, de 5 votos a favor y 1 en contra, presentaron a sus colegas un informe en el que apoyaban sin ambages el proyecto de Carson con los San Diego Chargers y los Oakland Raiders mudándose mientras que Los Saint Louis Rams y su propietario, Stan Kroenke, deberían quedarse sin Inglewood y a dos velas. La facción más clásica de la liga quería recompensar a la familia Spanos, dueña de los Chargers, por ser fiel, leal y, en definitiva, “uno de los nuestros”.

Pero había otros dueños que no querían saber nada de lealtades ni asuntos personales y andaban persiguiendo el aspecto puramente económico de la situación. Si os da la sensación de que lo digo como algo negativo, indigno o reprochable estáis equivocados. Por mucho.

Entre estos otros destacaban nada menos que Jerry Jones, de los Cowboys, Paul Allen, de los Seahawks, y Jeff Lawrie, de los Eagles. Ninguno con gran relación con Kroenke. Ni falta que les hacía. Allen, en concreto, no suele ni mezclarse con sus compañeros ni ir a estas reuniones, pero en esto estaba interesado.

Porque resulta que el proyecto de Inglewood es, sencillamente, lo más ambicioso que se ha hecho nunca en el aspecto de un complejo deportivo. Entre terrenos, construcción del estadio y las diferentes utilidades que irán ampliandolo la inversión se va a ir a los 3.000 millones. Más de setenta mil espectadores, inmuebles y huecos para acoger toda la NFL Network y la NFL Media, un anfiteatro para 6.000 personas que pretende acoger nada menos que los Oscars, ser sede de Finals Fours de la NCAA, partidos de fútbol americano universitario, entrar de lleno en la rotación de estadios de la Super Bowl, Combine, Draft… ser, en esencia, el centro neurálgico de la NFL del futuro. Una presentación digna de La Guerra de las Galaxias acompañó a la idea.

Y algo más, quizás lo más importante de todo: Stan Kroenke correría con todos los gastos, todos los riegos, todos los posibles sobrecostes, todos los problemas y trámites administrativos, todas las peleas con los vecinos… todo. Tal capacidad de decisión, tanto músculo financiero y tanta ambición casan a la perfección con lo que es la NFL y los citados dueños, que son algunos de los más audaces de entre ellos, lo tuvieron claro desde el princpio: Inglewood era la única alternativa.

El escollo social no era menor. La amistad con Spanos haría que, aún estando de acuerdo en que el proyecto de Inglewood era el incuestionable, muchos de sus compañeros no pudieran votar contra él. Ahí apareció Roger Goodell, comisionado de la NFL, para proponer, con su habitual inocencia y sin guiñar el ojo a los Jones, Allen, Lawrie y compañía, que la votación fuese secreta. Ahí se acabaron las opciones de Carson. Con la ventaja del anonimato ya no era necesario quedar bien delante del amigo. La votación fue de 21-11 a favor de Inglewood. Spanos se quedó mudo, blanco, destrozado. Había perdido una batalla que daba por ganada.

Le costó poco menos de un minuto recuperar el oremus. Kroenke aún necesitaba llegar a 24 votos, pues con que 8 propietarios se opongan a algo en esta liga se pueden vetar las decisiones. Así que el dueño de los Rams, que quería irse sólo a Los Angeles, desatascó la situación ofreciendo los beneficios del estadio y sus alrededores en los días de partido a su posible equipo acompañante y, además, lo recubrió todo con un 17% de los beneficios globales de la construcción, entre los que entraría el patrocinio del nombre del estadio. Ka-boom. juego, set y partido. Incluso un dueño de una franquicia, de la que no se ha revelado el nombre, dijo que ellos mismos se irían a Los Angeles con ese plan.

Así que los Chargers aceptaron y los dueños volvieron a votar la siguiente proposición: los Rams a Inglewood, los Chargers con un año por delante para negociar su marcha a Los Angeles, los Raiders con otro año en caso de que los Chargers renuncien a ese derecho; además, 100 millones de dólares de ayuda a la franquicia que se quede en tierra de nadie. 30 votos a favor, 2 en contra. La gran batalla política de este inicio de siglo en la NFL se había resuelto con una paliza descomunal.

Está por ver si los Chargers acaban yendose como claros segundones a Los Angeles. No les saldrá barato porque tendrían que pagar 650 millones de dólares a la liga, perder los 100 millones que les darían por quedarse en San Diego, los 300 que pondría la ciudad para mantenerles, más el alquiler que les cobraría Kroenke. Con eso da para hacerse una choza nueva en su actual localización.

Pero lo que sí está claro es la gran relación de esta franquicia con el resto de dueños, la fraternidad forjada, la lealtad que le prometieron… vale menos que lo que Kroenke puso sobre la mesa: dinero como escombro.

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